domingo, 18 de septiembre de 2011

El viejo.

Se sentó en el banco de aquél parque, como había hecho los últimos diez años de su vida. Era un parque tranquilo, apenas un par de personas en bicicleta pasaban por allí a esa hora. A las 9:00 A.M. se respiraba una calma propia de el más alejado de los rincones del planeta. El brillo cobrizo que desprendían las hojas de los fresnos, producidas por el reflejo de los rayos del sol, daban un aspecto precioso a aquél lugar sembrado de belleza en esos días de Noviembre...
Se sentó, como acostumbraba, en el tercer banco de aquella larga avenida. Y, como venía haciendo los últimos diez años, se tapó la boca con la mano derecha con gesto pensativo... La echaba de menos, y aunque hubieran pasado diez largos años desde que el cáncer la llevó consigo, no pudo evitar una lágrima que rodó por su mejilla y se perdió en su barbilla. Porque aún la quería lo suficiente como para morir cada vez que ella no despertaba a su lado.

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