lunes, 17 de octubre de 2011

Oda.

Y, de repente, todo oscuridad.

Recordaba nítidamente cómo había llegado hasta allí, pero apenas recordaba sombras en el lugar de su memoria destinado a los instantes recientes.

El brillo de una espada había delatado la emboscada apenas unos segundos antes de que se produjera, y aún así habían caido sobre ellos con una fiereza identificativa. Todos los cuentos y leyendas que había oído sobre aquellos bárbaros de repente se le antojaron poco equivalentes a la realidad. Eran mucho más grandes que en los cuentos, y en sus ojos se leía su sed de sangre inundando los iris amarillentos. "Su mirada delata que son seres del infierno, las cuencas de sus ojos se llenan de azufre cuando marchan al combate"... Ahora lo entendía. Todos tenían el mismo color de ojos, propios del mismo Lucifer, que horrorizaba a aquellos que se los encontraban de frente.  Apenas iban vestidos con unas pieles que tapaban sus indecencias, se movían encorvados y reían sonoramente cada vez que la sangre les salpicaba la cara. Calculó que eran unos veinte, y aun en esas estaban en desventaja. Ellos eran treinta y cuatro hombres de armas, pero cuando las flechas silbaron y los salvajes cayeron de los árboles los caballos se asustaron y las cabezas rodaron. Él mismo perdió el equilibrio y cayó de su montura cuando una piedra acertó de lleno en su hombro izquierdo. Con sorprendente agilidad esquivó el ataque de una espada, y con otro gesto rápido seccionó el brazo de su atacante a la altura del codo. Se defendía como podía de los continuos ataques que recibía por varios ángulos, hasta que un certero garrotazo impactó en su nuca, provocándole un intenso dolor y la pérdida del conocimiento durante unos minutos. Cuando recuperó la consciencia asistió en primera fila como Derrick, su fiel escudero, era derrotado y asesinado por uno de ellos. Llevaba la piel de la cabeza de un lobo como casco, y blandía una enorme espada con ambas manos. A un grito suyo los salvajes dejaron de saquear los cadáveres para centrarse en él, que jubiloso parecía celebrar el botín que acababan de conquistar.

Y allí se encontraba cuando se levantó con los sentidos aún turbados, y corrió con toda su alma hacia el que parecía líder del grupo, con la espada en la mano derecha. Los movimientos de éste se alejaron de la sorpresa o el miedo, y con firmeza le asestó un golpe en la cabeza con la parte plana del mandoble.

Y, de repente, todo fue oscuridad.

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