lunes, 7 de noviembre de 2011

Alto.

<<Está frío... siento como se interna en mi pecho, buscando el corazón para morderlo otra vez. Lleva unos días rondando por mi cuerpo, tanteando el terreno, lanzando dentelladas sobre el órgano que hace que la sangre fluya por mis venas... Es una sensación horrible, saber y no poder, poder y temer o no temer y sufrir. Dicen que los señores feudales de Mainz se hacían una marca a fuego en el brazo por cada soldado al que se veían obligados a abandonar, proporcionar una muerte rápida debido a las heridas, o era apresado por el enemigo y abandonado a su suerte... una decisión difícil para ellos, que pagaban voluntariamente el precio de la sangre por la pérdida de sus hombres. Éste debe ser mi precio, el dolor por saber que de mi mano penden dos vidas, que quieren lo mismo y no pueden tenerlo a la vez. Por cada día que pasa y no hago nada, la bestia se acerca un poco más y muerde más fuerte... pero si decidiera hacerlo, las dentelladas serían casi mortales. Y, lo peor, es que la decisión que debo tomar es si arrebatar la vida a uno, y dársela al otro. Los tambores suenan, los acompañan las trompetas y las voces alborotadas. Se nota el ambiente festivo. Hoy se celebrará una gran fiesta, para todos menos para mi, y para uno de los dos condenados, que tantos momentos de mi infancia coparon y disfrutaron conmigo. Uno morirá, y el otro vivirá. Pero el precio de mi decisión sólo está empezando a cobrarse, todavía queda mucho más que pagar. >>

-Que pare la música, debo dar mi veredicto-

La sala al completo cesó en su actividad, y los dos reos escucharon con atención lo que tenía que decir su monarca, el Rey Constantino II. La decisión estaba tomada.

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