lunes, 27 de agosto de 2012

Vacío.

El caballero bajó decidido por el empinado camino rocoso que daba entrada a la cueva. En su mano izquierda una antorcha mojada en brea para iluminar su triste camino. En la derecha, su espada. No sabía a qué peligros se enfrentaría, y mucho menos que no eran materiales.

Resbaló y cayó, deslizándose por el suelo desgastado y arenoso durante unos segundos, hasta que acabó en una oscura y tétrica sala. Escuchó un siseo, lento e ininterrumpido. Se puso en pie, agitó la antorcha y blandió con fuerza su espada:

-¿Quién anda ahí?

Las sombras se echaron sobre él. La luz se apagó y todo quedó en tinieblas. Un dolor indescriptible en el pecho le hizo caer de rodillas al suelo. Vacío. Soledad. El dolor se hacía más fuerte, pero no gritó porque sabía que nadie le oiría. No pidió ayuda, ni trató de ponerse en pie. Se dejó caer, llorando como un recién nacido. Y durmió. Durmió como muchos otros antes que él. Ancianos y niños, mujeres y hombres, ricos y pobres, enfermos y sanos... por que cuando llegan las tinieblas, a todos nos envuelven por igual.

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