miércoles, 3 de octubre de 2012

Pobre de ti.

Erase una vez que se era, un joven muchacho que conoció a una bella dama. Dicha dama era la hija de un conde-duque glorioso en mil batallas, mientras que el joven no era más que un ayudante de cocina en el palacio del conde-duque. 

Un encuentro casual, una mirada distraída... y un pobre corazón secuestrado. El muchacho la observaba, procuraba servir él la comida de la familia sólo para verla. En sus ratos libres, se acurrucaba en el césped y se limitaba a embobarse pensando en sus labios, en sus ojos, en su piel... se dormía con su nombre en la boca, y se despertaba con su figura en la mente... 

Un día, el joven se acercó a su deseada, y le dijo: 

- Doña Clara, sepa usted que me gusta mucho. La observo cuando lee en el jardín, cuando juega con sus hermanas pequeñas, me ocupo personalmente de sus comidas .. pero, ¡No piense que estoy loco! Es que... es que... es que me tiene usted fascinado. Es tan hermosa... nunca jamás había visto unos ojos marrones con esa forma de mirar... y sus labios, son tan rosados y carnosos... es... es preciosa, Doña Clara. Y ya me reprimí mucho los sentimientos para con usted... entiéndame, se que no le puedo ofrecer mucho, pero ¡prometo no dejarla! ¡y cuidarla! ¡y quererla como nadie la va a querer!

La chica, con una mirada altiva y un gesto de burla, se dirigió hacia la puerta del palacio. Un portazo terminó de romper el corazón del muchacho.

Triste y sin tiempo a comprender lo que había pasado, fue expulsado del que había sido su hogar por el conde-duque. Confuso, vagó por el condado, por la provincia y por el país en busca de un lugar donde empezar de cero.

Nadie le contó que la vida no es fácil. Nadie le contó que los sentimientos hay que saber cuando mostrarlos. Nadie le contó que el mundo es un lugar duro, donde debes aprender a base tropiezos. Y sobre todo, nadie le explicó que las buenas intenciones no valen nada cuando lo que reina es el despotismo y la hipocresía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario